Su vida estuvo marcada por pĆ©rdidas familiares, su defensa inicial de los mĆ”s dĆ©biles y un ascenso polĆtico que terminó entre violencia, purgas internas y su propia muerte en la guillotina a los 36 aƱos
A los 17 aƱos, Maximilien Robespierre esperó bajo la lluvia a que el rey Luis XVI y MarĆa Antonieta bajaran del carruaje para escucharlo leer un discurso en latĆn. Los monarcas no se dignaron a moverse.
El joven terminó hablando al vacĆo, empapado, con el texto chorreando tinta. AƱos despuĆ©s, ambas cabezas reales rodarĆan bajo su mandato, y el muchacho del aguacero se habrĆa convertido en el hombre mĆ”s temido de Francia.
Murió a los 36 aƱos con la mandĆbula destrozada por su propio disparo fallido, arrastrado al mismo cadalso que habĆa alimentado con miles de cabezas en menos de un aƱo. Entre esa imagen bajo la lluvia y ese final en el cadalso corre, segĆŗn reconstruye National Geographic, uno de los descensos mĆ”s perturbadores de la historia moderna.
La infancia lo dejó solo antes de que la polĆtica lo hiciera
ArrĆ”s, mayo de 1758. Robespierre nació en una ciudad del norte de Francia donde los inviernos no perdonan. Tampoco lo hizo su familia: su madre murió cuando Ć©l tenĆa seis aƱos; su padre desapareció poco despuĆ©s, sin despedida y sin regreso. Quedó un niƱo serio, pĆ”lido, con una voluntad que nadie logró doblegar.

Una beca lo llevó al colegio Louis-le-Grand de ParĆs, donde leyó a Jean-Jacques Rousseau con la devoción de quien encuentra en los libros lo que la vida real le negó. La teorĆa del contrato social y la idea de una voluntad general que trasciende los intereses individuales le dieron forma a una obsesión que lo acompaƱarĆa hasta el final: la virtud como fundamento del poder.
Como abogado de los pobres acumuló una reputación que despuĆ©s usarĆa para destruir
Antes de la guillotina, Robespierre era conocido en ArrĆ”s como defensor de los mĆ”s dĆ©biles. ExigĆa sufragio universal cuando eso era una herejĆa polĆtica, se oponĆa a la esclavitud en las colonias y argumentaba que matar al condenado embrutecĆa al Estado. Le pusieron un apodo que con el tiempo adquirirĆa una carga irónica brutal: āEl Incorruptibleā.
Hay una anĆ©cdota que la historia guarda como presagio. A los 17 aƱos, fue elegido para leer un discurso en latĆn ante el rey Luis XVI y MarĆa Antonieta. Se puso a llover y los monarcas no bajaron del carruaje. El joven leyó sus palabras al vacĆo, de pie bajo el aguacero. AƱos despuĆ©s, ambas cabezas reales rodarĆan bajo su mandato.
El miedo a perder la Revolución fue el primer paso hacia el Terror

Cuando estalló la Revolución en 1789, Robespierre ascendió con la velocidad de quien lleva toda la vida esperando ese momento. Lideró a los jacobinos, la facción mĆ”s radical, y su elocuencia lo convirtió en la voz dominante de la Convención Nacional. Pero la repĆŗblica que tanto habĆa soƱado llegó al poder tambaleĆ”ndose: ejĆ©rcitos extranjeros presionaban desde las fronteras y la Guerra de la VendĆ©e (1793-1796) abrĆa una herida interior que sangraba sin parar.
La Convención creó el ComitĆ© de Salvación PĆŗblica para gestionar la crisis, y Robespierre se convirtió en su figura central. Fue entonces cuando algo en su razonamiento se quebró de forma irreparable. Si la RepĆŗblica era la encarnación de la virtud, quienes la amenazaran eran, por definición, el mal. Y el mal no merecĆa juicio largo.
āEl terror no es mĆ”s que la justicia rĆ”pida, severa e inflexible; es, por tanto, una emanación de la virtudā, declaró ante una Convención que ya no sabĆa si aplaudir o temblar.
La Ley de Sospechosos convirtió el entusiasmo en condena de muerte
En septiembre de 1793, la Ley de Sospechosos formalizó el horror: cualquier ciudadano podĆa ser arrestado y ejecutado por no mostrar suficiente fervor revolucionario. No hacĆa falta un crimen. Bastaba con la tibieza o con una denuncia de un vecino con rencores viejos.

Bajo ese marco cayeron nobles, sacerdotes y sirvientes. Cayeron tambiĆ©n quienes habĆan compartido con Robespierre las mismas trincheras ideológicas. Georges Danton, pilar de la Revolución, subió al cadalso.
Lo mismo hizo Camille Desmoulins, periodista, jurista y amigo de la infancia del propio Robespierre, que habĆa osado publicar artĆculos pidiendo moderación. En su apogeo, el rĆ©gimen del Terror ejecutó a miles de personas en toda Francia, a un ritmo que algunos dĆas superaba las 50 cabezas.
Sus propios aliados lo arrestaron antes de que pudiera mandarlos a la guillotina
El poder que Robespierre acumuló terminó por volverse insoportable para quienes lo rodeaban, sobre todo despuĆ©s de que en junio de 1794 decretara el Culto al Ser Supremo, una religión de Estado basada en la razón, y se erigiera como su figura central en un festival de proporciones faraónicas. Para muchos diputados, esa ceremonia confirmó lo que ya sospechaban: Robespierre ya no se veĆa como un polĆtico, sino como un profeta. Eso fue su condena.
El 27 de julio de 1794, el 9 de Termidor en el calendario revolucionario, los diputados de la Convención se rebelaron. No por convicción ideológica: lo hicieron porque tenĆan miedo de ser los siguientes. Ordenaron su arresto esa misma noche.

Robespierre intentó suicidarse con una pistola. El disparo no lo mató. Le destrozó la mandĆbula inferior y lo dejó tendido, con la cara vendada y la sangre empapando el suelo, esperando lo inevitable.
A la maƱana siguiente lo arrastraron al cadalso. Segundos antes de que cayera la cuchilla, el verdugo le arrancó el vendaje de la herida. El grito que salió de esa mandĆbula rota heló a la multitud congregada en la plaza.
El hombre que habĆa pasado su juventud argumentando que el Estado no tenĆa derecho a matar a sus ciudadanos murió bajo el mismo mecanismo que habĆa convertido en sĆmbolo de su gobierno. TenĆa 36 aƱos.



