Se casaron el 14 de enero de 1954, pero se divorciaron el 27 de octubre de ese año. Detrás del romance entre la estrella de Hollywood y el ídolo del béisbol había dos infancias dolorosas, celos y una historia de amor que ninguno de los dos logró dejar atrás.
Buscaron ser felices, pero querían ser salvados. Se aferraron uno al otro como náufragos, y quedaron a merced de las olas. Su vida de adultos no pudo superar, ni por separado ni juntos, los días de una infancia dolorosa y agria que los había marcado para siempre. Fueron, en su ilusión, la pareja del momento; eran, en lo práctico, dos figuras mundiales: ella, de la belleza, él, del deporte. Hollywood hizo el resto: ¿qué mejor que unirlos en matrimonio? Marilyn Monroe y Joe DiMaggio se casaron el 14 de enero de 1954. Se divorciaron nueve meses después, el 27 de octubre, hace ya setenta y dos años.
Los dos tomaron, como adultos, decisiones de chicos encaprichados; lo eran, y se arrepintieron para siempre. El cuento decía, ordenaba, que debían ser felices y comer perdices; y que debían, y podían colocar aquella infancia desdichada en el estante de los recuerdos amargos y acostumbrarse tal vez a la acechanza eterna de los pájaros negros; lo que fuere a cambio de ese destello fugaz y perenne que a menudo da el amor. Y la fama.
Alrededor de ellos volaron los buitres, esa gente que, al decir de Enrique Santos Discépolo, “buscó para hacer títeres en su guiñol / la imagen de tu amor y mi esperanza”. Marilyn y Joe sabían nada del pesimismo discepoliano, pero, como el poeta, querían sin presentir. Iban a vivir un cuento de hadas. Pero no lo fue, porque en la vida de ambos, sobre todo en la de ella, jamás hubo un hada. Se habían abierto paso a golpes, a codazos y a tropezones hasta llegar a ser lo que eran, dos famosos jóvenes y bellos que ahora estaban cara a cara, desnudos frente al pasado. Ganó el naufragio.

Marilyn había nacido como Norma Jean Baker en 1926. Nunca supo quién era su padre; su madre, una paciente esquizofrénica que acabó sus días en un hospicio, la entregó a unos familiares que derivaron a Norma Jean a un programa de familias sustitutas. Cuando tenía nueve años, contó alguna vez, la violó un tipo que después le tiró unas monedas para que “me comprara algo y dejara de llorar (…) Vivía entrando y saliendo de los orfanatos, o con familias que recibían cinco dólares semanales por cuidarme. En total fueron nueve familias antes de que llegara el fin de mi orfandad legal”.
Casi nunca vivió con su madre que, hasta su caída en la demencia, trabajaba como cortadora de celuloide en los estudios de cine de Hollywood: una industria que surgía poderosa. De Norma Jean, que todavía no era Marilyn, se hizo cargo una amiga de su madre, la “Tía Grace”, que fue también su tutora legal en medio de una pobreza vecina a la miseria, y que le dio un consejo que le pareció de oro: casarse con el hijo de los vecinos. El hijo de los vecinos era Jim Dougherty, que tenía diecinueve años y fue el primero de los tres esposos de Marilyn; se casaron el 19 de junio de 1942, dieciocho días después de que ella cumpliera los dieciséis. Fue un matrimonio furtivo porque el chico, enrolado en la Armada, fue a la guerra. Marilyn resumiría luego: “Nuestro matrimonio fue una especie de amistad con privilegios sexuales. Más tarde descubrí que los matrimonios suelen ser eso. Y que los maridos tienden a ser buenos amantes solo cuando engañan a sus esposas”. Discépolo no lo hubiera dicho mejor.
Con el esposo en la guerra, otra industria que crecía vigorosa, Norma entró a trabajar en una fábrica de paracaídas. Era muy bella; conservaba casi intacta la frescura juvenil en la que era difícil detectar el dejo de tristeza que siempre deja la humillación. Fue su belleza, su carcajada, la que hizo que el departamento de guerra le tomara algunas fotos para usar como propaganda. Así nació su carrera; así Norma dejó de ser quien era para pasar a ser Marilyn. El cine era su sueño de hadas; quería ser igual a otra diva, Jean Harlow, la súper estrella de esos años. Y, si era posible, quería conocer al actor Clark Gable; no por nada, por una tontería: su madre, antes del estrago de la demencia, le había confiado que el hombre que la había engendrado se parecía a Gable.
Toda esta historia, y más, fue confiada por Marilyn en 1952, cuando ya era una estrella, al guionista Ben Hecht quien, veinte años después y diez años después de la muerte de Marilyn, hizo de todo aquello un libro: “My Story”. En esas páginas quedó retratado, con sus palabras y con su dureza, el final de su primer matrimonio con aquel chico Dougherty: “No me procuró ni felicidad, ni sufrimiento. Con mi marido apenas hablábamos. No es que estuviéramos enojados: no teníamos nada que decirnos. Pero me ayudó a acabar para siempre con mi condición de huérfana. Le agradezco a Jim por eso”.
Joe había nacido como Giuseppe Paolo Di Maggio en 1914 y en Martínez, California; fue el octavo de los nueve hijos de una pareja de sicilianos pescadores. Con los años, su nombre mudó de Di Maggio a DiMaggio. La revista “Time” de sus años de gloria habla de Di Maggio, pero la modernidad dijo otra cosa. Lo bautizaron Paolo porque era el santo preferido de su padre, Giuseppe, y de su madre, Rosalía. Esos padres tan devotos tenían un destino prefijado para Joe: sería pescador, igual que sus otros cinco hermanos varones. Para eso la familia se mudó a San Francisco cuando Joe era un bebé. Los dos hijos mayores cumplieron el mandato paterno; pero los otros tres escaparon a su modo de los caprichos del mar y de un futuro que imaginaron endeble y falto de oportunidades.

A Joe y a sus hermanos los salvó el béisbol. Cuando el crash económico de 1929 dejó al mundo patas arriba, Joe, que tenía quince años, dejó el colegio secundario, un estigma social, y trabajó de lo que pudo: repartió diarios en bicicleta, un “paper boy”, fue mozo de almacén, cargó bolsas en el puerto, fue aprendiz en una fábrica de jugo de naranjas y, de vez en vez, también jugaba al béisbol. Su hermano mayor, Vince, integraba el equipo de los “San Francisco Seals” y convenció a su entrenador para que le diera una oportunidad su hermanito. Si en toda esta historia pasó alguna vez un hada, tocó con su varita o lo que fuere a Joe, que era muy bueno en lo suyo. Debutó en el béisbol profesional en octubre de 1932, a un mes y medio de cumplir los dieciocho años. Y no se fue más.
Llevó a su equipo a ganar el título de la Costa del Pacífico en 1935, lo nombraron el jugador más valioso y los “Yankees” de New York le ofrecieron un contrato por cincuenta mil dólares, que en 1936 era una fortuna. Todo lo aceptó Joe con cierta modestia contenida: “El beisbol nunca estuvo de verdad en mi sangre”, diría. Pero, entre el bate, era muy buen bateador, y el olor a peces muertos que despedía el bote de su padre que a veces debía limpiar, la elección no era muy difícil. Llenó cuantas veces quiso el estado de los “Yankees”, cincuenta mil personas, y fue el beisbolista más famoso de Estados Unidos.
Hollywood fue un mosquito que siempre le zumbó y a veces lo picó. En enero de 1937, Joe fue extra en la película “Manhattan Merry Go-Round”, un papelito de nada pero que iba a ser un enorme gancho publicitario. Allí conoció a la actriz Dorothy Arnold con quien se casó dos años después, en noviembre de 1939, cuando en Europa ya reinaba la Segunda Guerra Mundial. En 1941 nació su hijo, Joe Jr. La pareja se divorció en 1944. Cuando Estados Unidos entró en la guerra, DiMaggio se alistó en el ejército donde alcanzó el grado de sargento, el más famoso. Estuvo destinado en Santa Ana, California, Hawái y Atlantic City, lejísimos de las islas y los mares donde se peleaba con extrema dureza. Con él sirvieron otros deportistas más o menos célebres que se tostaban al sol en Hawái y bebían daiquiris tumbados en las arenas que no eran las de Iwo Jima. Con cierto amor propio, Joe pidió que lo destinaran al frente en 1943. Nada de eso: lo único que le faltaba a aquel drama de la guerra era que los japoneses liquidaran a una estrella del béisbol.
De manera que en los años ’50 reinaban en el siempre volátil cielo de la fama y de la idolatría popular, dos seres desangelados, titubeantes y ansiosos de redención: Marilyn, de una belleza deslumbrante, que se había mostrado en filmes exitosos, que era ya un sex symbol aunque el término no existía todavía, y Joe, una estrella del deporte, un tipo altísimo, elegante, rudo, que sonreía a menudo, dientes grandes en los que reinaba la diastema, y que calzaba justo para transmitir ese aire inefable de chico bueno y empeñoso.
Fue él quien quiso conocerla. Ella no quiso: tuvo miedo que fuese el típico deportista presuntuoso y altivo. En 1952 un amigo de DiMaggio armó la cita en el restaurante Villa Capri, de Los Ángeles. Él, que había quedado deslumbrado cuando la vio en el cine, ahora quedó hipnotizado cuando la tuvo delante. Marilyn, que jugó el rol de seductora, no le costaba nada, también quedó encantada por la personalidad de Joe; allí había algo, algo físico también. Aquella noche del primer encuentro ambos hablaron y hablaron, y pasearon. Las memorias de Marilyn y las confesiones de Joe a su médico personal, Rock Positano, coinciden en que aquella noche ambos dieron vueltas y vueltas por Los Ángeles en el auto de Joe durante tres horas. Hasta que Marilyn cortó por lo sano y lo llevó de las narices a la habitación de su hotel.
Allí fue cuando nació la otra pata de esta historia: el sexo. “El sexo era épico; era como una pelea de dioses. Truenos y rayos se instalaban sobre nuestras cabezas”, confesó DiMaggio a su médico, que escribió todo en “Dinner with DiMaggio – Memoirs of an American Hero – Cena con DiMaggio – Memorias de un héroe americano” que se publicó recién en 2017, cuando la historia y sus protagonistas parecían olvidados. Y con la candidez de un chico, DiMaggio dijo algo más a Positano: “Doctor, Marilyn me dijo que ningún hombre la hizo sentir como yo”. Marilyn, en cambio, no cifraba todo en el sexo, empezaba a mirar su propia vida con cierta hondura: “Todos señalan las diferencias entre nosotros. Pero, en realidad, en el fondo somos muy parecidos: la grandeza deportiva de él, mi fama… No somos eso. Esas son cosas externas”.
En su libro “Joe and Marilyn”, David Heymann arriesga una hipótesis. Afirma que DiMaggio intentaba convertir a Marilyn en quien no era: una dedicada ama de casa que le hiciera la comida cada noche y cuidara a la futura familia. Y que Marilyn, en cambio, buscaba tal vez una certeza, solo una, que se llevara para siempre de su vida la perplejidad, la incertidumbre, la indecisión. Ambos, afirma Heymann, eran inseguros, no eran personas cultas en absoluto, sólo coincidían en su grandeza: una actriz legendaria, símbolo del oro de Hollywood, y el jugador más importante de la historia del beisbol.
Hollywood por su parte, el cine, los estudios, la industria, los chismes, estaba encantada con ambos: la bella y la bestia, la sutileza y la fuerza, Chanel y sudor. ¿Cuánto podía durar eso? Marilyn, hastiada de hacer papeles de rubia bonita y tonta, cambiaba por minutos. Buscaba otra cosa. Logró ingresar al mítico Actor’s Studio de Lee Strasberg, amadrinada por Paula, la mujer del director, que fue su tutora. No era sólo una nueva concepción de su vida artística, era una búsqueda íntima, acaso a ciegas, de una nueva forma de estar en el mundo. Así definió entonces a Hollywood: “Es un lugar donde te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma. Lo sé porque rechacé la primera oferta bastantes veces, y cobré siempre los cincuenta centavos”.
El noviazgo con Joe duró dos años. En ese lapso, Marilyn no dejó de lado ni a sus amantes, ni el sexo épico con DiMaggio. Se relacionó con el mítico director Elia Kazan, con el músico de jazz Mel Torme, con el actor griego Nico Minardo y, ya casada con el beisbolista, jugó los primeros escarceos con el escritor Arthur Miller, que en 1956 sería su tercer esposo. Pese a todo, contra viento y marea, Joe y Marilyn decidieron casarse en nombre de un cuento de hadas. No podían hacerlo por iglesia porque los dos eran divorciados. A Joe lo amenazaron con la excomunión y él, hijo de padres muy devotos, se sinceró de nuevo con el candor de un chico: “Que me excomulguen si quieren. Prefiero ir de cabeza al infierno a renunciar a mi propio Jardín del Edén”.
Marilyn también podía parecer una chica cuando quería: “Todavía no sé lo que le parezco a Joe. Es un hombre al que le cuesta hablar. Lo que Joe es para mí, es un hombre cuya apariencia física y su forma de ser me vuelven loca. Lo quiero con todo mi corazón” Nunca nadie se equivocó tanto con tan poco.
Otra actriz famosa, Jane Rusell, casada también con una estrella del fútbol americano, Bob Waterfield, de Los Ángeles Rams, diría luego: “Nunca, ni por un minuto, llegué a pensar que ella y Joe durarían. Estaban enamorados mucho de hecho, pero no se entendían el uno al otro. Venían de universos diferentes y esa fue la tragedia. Por eso no pudieron seguir juntos. Estaba escrito en las estrellas”. Quien sabe qué cosas se escriben en las estrellas. Pero Marilyn y Joe se casaron el 14 de enero de 1954 en el City Hall de San Francisco. A falta de una ceremonia religiosa, la pareja posó en las escaleras de la iglesia de Saint Peter and Saint Paul. Se los veía felices: él tenía treinta y nueve años, ella veintisiete.
El cuento de hadas, si alguna vez pasó un hada por allí, ocultaba un drama en evolución y en ebullición: Marilyn era depresiva, adicta a los fármacos, estaba en conflicto con las productoras de Hollywood; Joe era muy celoso, podía ser violento: entre ambos, en especial en DiMaggio, latió un espíritu de competencia con su mujer. Viajaron de luna de miel a Tokio porque él debía arreglar algunos contratos relacionados con el béisbol. La oficina de propaganda del Ejército de Estados Unidos contrató entonces a Marilyn para que viajara a levantar el ánimo de los soldados que peleaban el tramo final de la guerra de Corea. Marilyn fue, cantó, se mostró, diez shows en cuatro días y sesenta mil marines cayeron rendidos a sus pies. Al regresar, le dijo a Joe: “No sabés lo que es que sesenta mil personas te vitoreen”. Y él: “Sí que lo sé”. Tonterías de doble filo.

DiMaggio se puso en contra de los estudios de Hollywood y los acusó de usar a Marilyn como una mercancía. Ella posaba para las revistas del corazón, que tampoco se llamaban así pero que, como las de hoy, apuntan tres cuartas más abajo del corazón, y, cuenta la leyenda que el día en el que Marilyn vistió un traje que a Joe le pareció muy provocativo, él le dijo: “Parecés una maldita puta”.
Se hirieron mucho, de forma irremediable, irreparable; si el sexo era épico, las broncas también. Joe DiMaggio hijo, que por entonces andaba por los doce o trece años, contó a David Heymann que una noche escuchó a los dos discutir muy fuerte. Portazos, gritos, estruendo. El chico vio a Marilyn salir corriendo de la casa y a su padre seguirla para que regresara. A la mañana siguiente durante el desayuno, Marilyn tenía un ojo morado.
No sería la única vez. Sobre el final de la historia de amor y desamor, la madrugada del 15 de septiembre de 1954, Marilyn debía filmar la escena más simbólica de su vida y de su carrera: parada sobre la boca del subterráneo neoyorquino, recibe desde abajo una bocanada de aire tibio que levanta su pollera blanca, plisada y deja ver sus piernas y su ropa interior, mientras ella, pudorosa, intenta, con una sonrisa, hacer que la pollera vuelva a su sitio.
Es una escena, la más célebre de “La comezón del séptimo año”, dirigida por Willy Wilder. Se filmó en una esquina también simbólica de New York: la de la avenida Lexington y la 42. Había dos mil trasnochadores mirones, decenas de fotógrafos y todo el equipo de filmación de Wilder. Para colmo, Marilyn debió repetir la escena varias veces, y escuchó desde silbidos de admiración, elogios en alta voz, guarradas, palabras soeces y guarangadas varias que hicieron huir rabioso y encrespado a DiMaggio, que seguía de muy cerca la carrera Marilyn. “Mi mujer acaba de hacer un striptease en Lexington Avenue”, exageró con furia infantil. No era verdad, era una exageración y otra tontería. Esa noche, la pareja se peleó a gritos en el hotel St. Regis, que todavía existe y es monumento histórico de Manhattan, en el 2 Este de la 55, a una cuadra del Museo de Arte Contemporáneo A la mañana siguiente Marilyn apareció con los ojos hinchados.
Esa noche fue la noche que derramó el vaso, que acabó con el cuento de hadas, si es que hubo alguna rondando por allí. Veinte días después, el 6 de octubre de 1954, junto a su abogado, Marilyn dio una conferencia de prensa para anunciar su divorcio de Joe DiMaggio. Lucía un vestido que le gustaba a Joe: negro, cerrado, sin escote; también lucía una desazón tremenda; lloró un poquito al revelar que se separaba por crueldad mental. Su abogado fue más leve: “Se trata de un conflicto de carreras profesionales”. Como fuere, todo se había ido al diablo.

Los dos cultivaron a su modo los estertores de la relación. Fueron juntos al estreno de la película de su mal destino, “La comezón del séptimo año” y se vieron de vez en vez, furtivos, como dos adolescentes esquivos, atrapados tal vez por el sexo épico. Ella recibió como siempre los cincuenta centavos por su alma; mantuvo varios romances, fugaces y no tanto, con Tony Curtis, con Yves Montand, con Marlon Brando, con Frank Sinatra y hasta con Clark Gable, aquella imagen paterna que la seguía desde la infancia. Cosa curiosa, filmaron juntos “Los Inadaptados”, dirigidos por John Huston; y el guion pone en boca de Gable algo que él ya le había dicho en privado a Marilyn: “Eres la mujer más triste que he conocido”.
DiMaggio culpó de la desgracia mutua a Hollywood, a Sinatra, a los integrantes de su clan y a todo miembro de la industria del cine que se le cruzara por el camino y por la mente. Estaba arrasado por esa nueva orfandad, por esa oquedad insondable y desconocida hasta entonces: nunca abandonó del todo a Marilyn. También él coleccionó sus monedas de cincuenta centavos: conquistó a Miss América, entre otras muchas aventuras amorosas. Cuando Marilyn se divorció de Miller en 1961, se habían casado en 1956, sufrió una profunda crisis depresiva y fue internada en un psiquiátrico. Allí la fue a buscar DiMaggio y se la llevó con él a Miami, donde los “Yankees” hacían la pretemporada. La cuidó hasta que se recuperó.
Volvieron entonces las especulaciones: ¿volverían Joe y Marilyn a estar juntos? No. Marilyn no estaba del todo recuperada: seguía su adicción a los fármacos, su personalidad flaqueaba, los estudios se habían cansado de sus faltazos, de sus desplantes, de sus caprichos; ella ondulaba acaso al borde de la cordura. Su último sueño, sus últimos cincuenta centavos, estaban en manos del presidente de Estados Unidos, John Kennedy. Toda la historia de ese amorío que se inició por gestión del actor Peter Lawford, cuñado del presidente y miembro del clan Sinatra, se la llevó a la tumba Evelyn Lincoln, la secretaria privada de Kennedy.
El 19 de mayo de 1962, Marilyn cantó para Kennedy el más célebre “Happy Birthday” que se haya cantado nunca, diez días antes del cumpleaños cuarenta y cinco del presidente y en una gran fiesta en el Madison Square Garden. Aquello fue pura sensualidad. Esta vez, el cuento de hadas que fraguaba la imaginación de Marilyn decía que el Kennedy se divorciaría de su mujer, Jacqueline, y que ella llegaría a la Casa Blanca, ya no más calabaza, en la carroza de las doce de la noche.
La hallaron muerta en su cama, el 5 de agosto de 1962. A su lado había un frasco vacío de Nembutal. Tenía el tubo del teléfono en la mano. DiMaggio estalló de dolor y se encargó de todo: la leyenda jura que él mismo vistió el cuerpo de Marilyn antes de que la colocaran en el ataúd; impidió que el Hollywood de los artistas y el Washington de los políticos asistieran al funeral. Estaba partido por el sufrimiento, arrasado por la pena tardía y por el que sería un remordimiento eterno. Durante años, hasta su muerte, envió rosas tres veces por semana al Westwood Village Memorial Park de Los Angeles, para que fuesen colocadas en el nicho de Marilyn en el que, durante años, miles de personas dejaron cartas, flores, lamentos y ositos de felpa.
DiMaggio siguió con su vida, atenazado por aquel amor de adolescentes tontos que prefirieron el orgullo y la epopeya al trance siempre simple e inseguro de intentar una larga vida en común. En 1969, fue consagrado como el mejor jugador en vida de la historia del béisbol. Una crónica del New York Times afirmó que sería recordado más que por su calidad deportiva, por su calidad humana. “Permanece –decía el artículo– como símbolo de excelencia, poder y caballerosidad”. DiMaggio murió el 8 de marzo de 1999, a los ochenta y cuatro años, por un cáncer de pulmón.
Todo dice que murió sin olvidar.
