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Bienestar

¿Hacer el amor o tener sexo?: mitos y verdades sobre una diferencia que confunde a muchos

En líneas generales, los hombres tienden a asumir que el sexo en sí es una necesidad. Las mujeres, en cambio, tienden mayoritariamente a asumir que el sexo sólo puede ser una forma de intimidad.

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Para algunas personas, la diferencia entre tener sexo y hacer el amor es solo semántica y no llega a ser un motivo de reflexión. Para otros, sin embargo, los conceptos son casi opuestos.

Los expertos dicen que los mismos gestos o las mismas acciones pueden significar cosas completamente diferentes según las circunstancias, los seres humanos somos así. Un abrazo puede ser un gesto de amor supremo o una simple despedida.

Además, la importancia del sexo puede variar de una persona a otra. Algunas, pueden sentir que ser una pareja sexual es absolutamente vital. Otras, pueden sentir que otros tipos de intimidad y conexión son más importantes.

La sexóloga española Silvia Sanz indica que la actividad sexual es más impulsiva y menos comprometida en términos de la conexión emocional enfocándose principalmente en la gratificación física y la liberación de tensiones.

Para la especialista, tener relaciones sexuales es simplemente un acto físico en el cual se estimulan y satisfacen diferentes partes del cuerpo con el objetivo de conseguir un orgasmo o una satisfacción física que, aunque nos puede proporcionar también placer mental, no tiene mucho que ver con el amor por la otra persona.

Hacer el amor permite llegar a un estado de realización personal más profunda. (Foto: Adobe Stock)
Hacer el amor permite llegar a un estado de realización personal más profunda. (Foto: Adobe Stock)

Las previas cortas y el apuro para alcanzar el orgasmo son sinónimos de que una pareja está teniendo sexo, y lo opuesto sucede cuando se hace el amor, que exige un tiempo extra para establecer algo que va más allá de una simple sintonía química.

En resumen, tener relaciones sexuales puede simplemente satisfacer el impulso sexual, mientras que hacer el amor puede satisfacer los impulsos físicos, emocionales, sexuales y mentales de una persona. Se puede decir que tener relaciones sexuales se limita simplemente a un acto físico, mientras que hacer el amor incluye también otros impulsos.

El sexo, cuando se mezcla con intimidad y sentimientos

El sexo regular apoya una relación saludable de varias maneras. Por ejemplo, la oxitocina liberada durante las relaciones mejora la sensación de vínculo y la intimidad emocional.

Silvia Sanz indica en este caso que los sentimientos de amor, afecto y apego son esenciales a la hora de hacer el amor. De hecho, la actividad sexual se convierte en un medio para expresar y fortalecer estos sentimientos.

Hacer el amor también tiene que ver con el estado de ánimo, tener relaciones sexuales tiene más que ver con la relación física. (Foto: Adobe Stock)
Hacer el amor también tiene que ver con el estado de ánimo, tener relaciones sexuales tiene más que ver con la relación física. (Foto: Adobe Stock)

El sexo es un deseo de contacto, en donde la persona toca, acaricia y estimula para ofrecer placer a la otra persona. En otras palabras, se realizan estas acciones para llegar al orgasmo o eyaculación. Durante este tipo de relaciones sexuales, la pareja no busca tocar las emociones profundas del otro. Cuando se hace el amor, sí.

Cuando se “hace el amor” habitualmente hay gestos de ternura, adoración o cariño, que normalmente no se dan cuando simplemente se practica sexo.

Tampoco es estrictamente necesario estar enamorado para hacer el amor, aunque en este cuestión hay casi tantas opiniones como personas. Lo que sí que es necesario es que haya algún tipo de sentimiento de afecto por la otra persona.

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Bienestar

La dieta clave para vivir más, según la universidad de Harvard

De acuerdo con un nuevo estudio, este tipo de alimentación puede reducir un 23% el riesgo de mortalidad. Se encontró evidencia de cambios biológicos que podrían explicar estas mejoras en la longevidad.

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La dieta mediterránea se caracteriza por ser rica en verduras, frutas, frutos secos, semillas, cereales integrales y legumbres y su principal fuente de grasa es el aceite de oliva, especialmente el extra virgen. También incluye un consumo moderado de pescado, aves, lácteos y huevos y una ingesta limitada de carnes rojas, dulces y alimentos procesados.

En la actualidad, existen numerosos estudios científicos que avalan los beneficios de este patrón alimenticio para la salud y ahora una nueva investigación en la que participaron 25.315 mujeres estadounidenses a las que se siguió durante un periodo de hasta 25 años, encontró que las que tenían una buena adherencia a la dieta mediterránea tenían hasta un 23% menos riesgo de mortalidad por cualquier causa, con beneficios tanto para la salud cardiovascular, como para la prevención del cáncer.

Un plato de vegetales, ideal para una alimentación saludable. (Foto: Adobe Stock)
Un plato de vegetales, ideal para una alimentación saludable. (Foto: Adobe Stock)

El nuevo estudio fue realizado por investigadores del Hospital Brigham and Women’s, afiliado a la Universidad de Harvard, que hallaron evidencia de cambios biológicos que podrían explicar estas mejoras en la longevidad. “Para las mujeres que desean vivir más tiempo, nuestro estudio sugiere cuidar la dieta”, destacó Samia Mora, cardióloga y profesora de medicina en la Escuela de Medicina de Harvard y autora principal.

“Seguir un patrón dietético mediterráneo podría dar lugar a una reducción de aproximadamente una cuarta parte del riesgo de muerte en más de 25 años, con beneficios tanto para evitar el cáncer como la mortalidad cardiovascular, las principales causas de muerte a nivel mundial”, añadió. Los resultados del trabajo se publicaron en JAMA Network.

Beneficios a largo plazo de la dieta mediterránea

Los investigadores analizaron los beneficios a largo plazo de adherirse a una dieta mediterránea en una población estadounidense reclutada como parte del Estudio de Salud de las Mujeres y examinaron los mecanismos biológicos que podrían explicar los beneficios de la dieta. Para ello, evaluaron un panel de aproximadamente 40 biomarcadores que representan varias vías biológicas y factores de riesgo clínicos. Los biomarcadores del metabolismo y la inflamación fueron los más importantes, seguidos por las lipoproteínas ricas en triglicéridos, la adiposidad y la resistencia a la insulina.

“Nuestra investigación proporciona una visión significativa para la salud pública: incluso cambios modestos en los factores de riesgo establecidos para enfermedades metabólicas, particularmente aquellos relacionados con metabolitos de pequeñas moléculas, inflamación, lipoproteínas ricas en triglicéridos, obesidad y resistencia a la insulina pueden producir beneficios sustanciales a largo plazo al seguir una dieta mediterránea”, dijo el autor principal Shafqat Ahmad, profesor asociado de epidemiología en la Universidad de Uppsala, Suecia e investigador en el Centro de Metabolómica de Lípidos y la División de Medicina Preventiva del Brigham.

Una alimentación basada en una dieta mediterránea colabora para no subir de peso al dejar de fumar. (Foto: Adobe Stock)
Una alimentación basada en una dieta mediterránea colabora para no subir de peso al dejar de fumar. (Foto: Adobe Stock)

Los autores reconocieron ciertas limitaciones clave del estudio, por ejemplo, que solo habían participado profesionales de la salud femeninas de mediana y avanzada edad, bien educadas, predominantemente blancas y no hispanas. Además, el estudio se basó en cuestionarios de frecuencia alimentaria y otras medidas autoinformadas, como altura, peso y presión arterial. Sin embargo, las fortalezas del estudio incluyen su gran escala y su largo periodo de seguimiento.

Los investigadores también señalaron que, a medida que el concepto de la dieta mediterránea ganó popularidad, la misma fue adaptada en diferentes países y culturas. “Los beneficios para la salud de la dieta mediterránea son reconocidos por los profesionales médicos, y nuestro estudio ofrece información sobre por qué la dieta puede ser tan beneficiosa”, afirmó Mora y concluyó que “las políticas de salud pública deberían promover las cualidades saludables de la dieta mediterránea y desincentivar las adaptaciones no saludables”.

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