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A 58 años de la trágica muerte de Julio Sosa, la leyenda del varón del tango

Uruguayo de nacimiento, alcanzó la fama en Buenos Aires, donde vivió hasta que falleció en un siniestro vial: manejaba a gran velocidad su auto deportivo y se estrelló contra un semáforo.

En el caso de Julio Sosa, su documentación no dejaba ninguna duda: ni francés ni argentino, el varón del tango era uruguayo. Pero en la Argentina pasó los últimos 15 años de su vida que, en definitiva, fueron una gran porción de ésta, considerando que su trágica muerte lo sorprendió cuando apenas tenía 38 y un éxito arrollador.

Tenía porte gardeliano y una voz muy potente, aunque a diferencia de Carlitos, que conquistaba con matices dulzones tanto en su canto como en su gesto, Julio Sosa representaba cabalmente al macho tanguero, al que podía perder pero no lloraba, porque los hombres no lloran. Una postal de otra época que en su vida le valió el apodo, y a quien su trágica muerte, hace 58 años, convirtió en leyenda.

Julio Sosa, el varón del tango: una muerte sobre su otra pasión, los autos

A Julio Sosa le gustaba cantar y le gustaba manejar. Y del mismo modo en que disfrutaba llevando al límite su vozarrón, también lo hacía conduciendo a gran velocidad en tiempos en los que los autos urbanos no llegaban a tanto como hoy. Sin embargo, él tenía uno de los que actualmente se llaman “pisteros”: un DKW Fissore.

Julio Sosa en su DKW Fissore, en 1964.
Julio Sosa en su DKW Fissore, en 1964.

Sobre aquel auto deportivo de color rojo furioso, el varón del tango pisó el acelerador a fondo y de manera descontrolada en la madrugada del 26 de noviembre. Cuenta la leyenda que estaba fastidioso porque venía de una reunión social en la había estado a disgusto.

Como sea, la velocidad que llevaba en su cupé deportiva fue la suficiente como para no poder frenar o disminuirla y evitar llevarse puesto un semáforo en el cruce de Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla, en el porteño barrio de Palermo. Iba tan rápido que partió la estructura de cemento que sostenía al semáforo y el coche recién se detuvo 50 metros más adelante, contra el Arzobispado Ortodoxo.

Así quedó la coupé roja de Julio Sosa.
Así quedó la coupé roja de Julio Sosa.

Con el hundimiento de cuatro costillas, conmoción cerebral y el pulmón izquierdo severamente afectado -la lesión más grave- Julio Sosa fue ingresado a la guardia del Hospital Fernández y luego trasladado al Sanatorio Anchorena, donde fue operado en dos ocasiones para liberar a su pulmón de la presión que sufría producto de las costillas rotas. Esa misma noche murió.

Julio Sosa, el varón del tango: auténtico cantor rioplatense

Una de las más famosas interpretaciones del cantor uruguayo Julio Sosa: Cambalache, de Enrique Santos Discépolo.

Nacido y criado en Uruguay, donde comenzó su carrera como cantante de tangos, este hombre tan amante de la carne que podía llegar a comerse hasta cuatro bifes de chorizo en una cena, llegó a Buenos Aires a los 23 años, donde lo alcanzó el éxito que luego lo transformó en leyenda.

Si voz cautivó rápidamente a los tangueros argentinos y entre 1949 y 1960 grabó más de 50 canciones siendo cantor de tres orquestas de la época: primero estuvo con la de Enrique Francini y Armando Pontier, en 1953 pasó a la de Francisco Rotundo y dos años después volvió a juntarse con Pontier (ya separado de Francini). En esta última grabó varias joyas, como Al mundo le falta un tornillo, Araca París y una de las versiones más populares de Cambalache.

Con el comienzo de la década del 60 decidió que ya tenía chapa para hacerse solista y armó su propia orquesta de compañía. Convocó al bandoneonista Leopoldo Federico y con el joven compositor e intérprete, Julio Sosa se convirtió en un referente ineludible del mundo del tango de aquel entonces.

La carrera del varón del tango creció tanto que hasta llegó al cine, de la mano de Hugo del Carril, con una participación en “Buenas noches, Buenos Aires”, una película que se estrenó el 1° de octubre de 1964: poco menos de dos meses antes de su trágica muerte.

Fue precisamente Hugo del Carril quien intercedió para que el velorio de Julio Sosa pasase del Salón La Argentina, desbordado por la multitud, al Luna Park. El cortejo se hizo a pie y era tanta la masividad y el fanatismo que despertaba el cantor fallecido, que en el medio de la caminata por la avenida Corrientes, rumbo al Luna, sus admiradores frenaron el auto fúnebre, sacaron el cajón y continuaron llevándolo en andas.

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