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    Opinión

    Las fiestas en Olivos y un presidente que cada día nos avergüenza un poco más

    El registro de entradas a la Quinta de Olivos es la perlita que faltaba en una larga ristra de papelones presidenciales que están debilitando gravemente nuestras instituciones. Cristina lo puso ahí, y ahora no sabe cómo desentenderse.

    Dos estilistas iban regularmente a la Quinta de Olivos a hacer el muy “esencial” trabajo de ponerlo lindo a Dylan mientras millones de argentinos perdían su empleo, sacrificaban su vida económica y social colaborando para detener los contagios, o perdían familiares y amigos sin poder despedirlos. Fiestas con “minitas” a sueldo del erario público se organizaban en el lugar donde nuestros gobernantes decían estar abocados las 24 horas del día a “cuidar la vida de los argentinos”, mientras miles de esas vidas se perdían innecesariamente, por falta de vacunas, de planificación razonable de la cuarentena, de los testeos y rastreos.

    No hace falta agregar más. Lo dicho alcanza y sobra para hacernos un cuadro fidedigno del combo de privilegios e ineptitud que nos tocó, y nos sigue y seguirá tocando padecer, bajo la pandemia. Aunque es inevitable advertir que es solo la frutilla del postre. Porque el gobierno de Alberto Fernández no se cansa de hacer papelones, algunos de alcance global, como un bufón que aspira a hacer del entero planeta su escenario.

    La entrada principal de las visitas a la Quinta de Olivos es por el acceso de la calle Villate. (Foto DYN)

    En las últimas semanas está abocado a arrastrar por el fango el poco prestigio internacional que le queda a la Argentina con tal de involucrar a su predecesor en un fantasioso y delirante escándalo de “tráfico de armas y municiones” supuestamente orquestado en 2019 para “voltear a Evo Morales”. Un presidente, recordemos, que hizo fraude, renunció, se fue de su país, y luego quiso sacrificar la vida de sus seguidores para incendiarlo todo y así ocultar sus responsabilidades en lo sucedido. Ah: y que mientras el resto de su partido negociaba una salida electoral decente con los supuestos “golpistas”, se dedicó a intercambiar loas con el susodicho Fernández, como si fueran dos sacrificados héroes populares enfrentando al mismísimo Satanás desde un sótano de la resistencia.

    Es que nada detiene a Alberto en su raid vergonzante. Ni siquiera los informes según los cuales él mismo autorizó la permanencia de esos supuestos “instrumentos represivos” en Bolivia, varias veces y durante meses. Ni que se de a conocer que los documentos en que supuestamente se revela la conspiración golpista están fraguados.

    Para entenderlo conviene hacer un poco de memoria: este es el mismo Fernández que como jefe de gabinete de Néstor se involucró en la denuncia trucha contra Enrique Olivera, candidato de Carrió en la ciudad en 2005, sí, 2005, hace más de 15 años, por supuestas cuentas bancarias en el exterior que nunca existieron. Y es el mismo que hizo todo lo posible para que Página 12 acallara a Julio Nudler, uno de sus últimos periodistas decentes, cuando investigaba los manejos de la Superintendencia de Seguros bajo el menemismo (en donde el ahora presidente hizo sus primeros palotes en la función pública, de la mano del hoy ministro de Trabajo, Claudio Moroni, Dios los cría…). Ese es Alberto Fernández. Siempre fue el mismo.

    Tiene razón Carlos Melconian: cualquier resultado electoral que sea para el oficialismo mejor que cero será un regalo.

    El presidente Alberto Fernández y la vice Cristina Kirchner durante la presentación de los precandidatos del oficialismo para las PASO del próximo 12 de septiembre. (Foto: captura de TN)

    Pero Alberto hace otra cuenta: que la resignación lleve a un porcentaje suficiente de los pobres y desamparados a seguir votando por quienes los vuelven cada vez más pobres y les niegan un futuro mejor, pero al mismo tiempo les aseguran su supervivencia subordinada y precaria con cheques del Estado. Ni esa relación de dependencia ni este destino apenas reproductivo le hacen ningún ruido al presidente, no le dan ni pizca de vergüenza: insiste una y otra vez en afirmar que es lo mejor que les podría pasar a los argentinos, porque “el Estado los cuida”, y en cambio si fuera por los demás partidos, los empresarios, el capitalismo global, el FMI, los economistas en general, etc., serían abandonados a su suerte.

    Y ahí reside, precisamente, el origen de la distorsión moral con que Alberto se juzga a sí mismo y juzga el mundo que lo rodea. Y que es parte esencial del problema que Argentina debe resolver, si no es en estas elecciones será en las que les sigan, para tener algún futuro. Porque mientras se siga imponiendo su idea de que el statu quo es lo mejor que nos merecemos y podemos conseguir, el empobrecimiento colectivo no solo continuará, sino que va a seguir siendo un instrumento útil para ratificar el rumbo por el que vamos.

    Tras volver de Perú, Alberto participó ayer de un nuevo encuentro del Grupo de Lima, que aprovechó para seguir haciendo diplomacia ideológica. Habló entonces de Cuba y Venezuela. Aunque en el fondo estaba hablando de Argentina y lo que le espera.

    Según nuestro presidente, quienes deben sentir vergüenza, por ser supuestamente los responsables de todo lo malo que pasa en aquellos países, sometidos a dictaduras enormemente represivas y destructivas, no son sus gobernantes, no son los Castro, Cabello o Maduro, sino los norteamericanos, debido a los bloqueos, que serían el origen de todos sus problemas.

    No es ninguna sorpresa: Alberto usa hace dos años, y el kirchnerismo hace casi dos décadas, el mismo argumento ridículo para disculparse de todos los dramas nacionales que bajo su égida empeoraron y siguen empeorando. Y echárselos en cara a los demás, sobre todo a sus adversarios políticos, los acreedores y demás actores asociados.

    Lo único llamativo en el caso de Alberto es que no tiene un pelo de izquierdista. Y se puede tener plena seguridad también de que no se cree en lo más mínimo ninguna de las tesis antimperialistas. Lo que nos conduce inevitablemente al fondo del asunto: lo que lo lleva a actuar como lo hace, y hablar de lo que habla, es pura y exclusivamente su interés por no hacerse cargo de nada en absoluto. Hace y dice lo que, si no fuera por el respeto que merece su investidura, cabría afirmar se ajusta como un guante a la definición de “sinvergüenza”.

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