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A帽o nuevo, peronismo viejo

Por: Julio Barbaro 08/01/2018

A帽o nuevo, peronismo viejo

Una cosa son las ideas y otra -muy distinta- la forma que adquieren al expresarlas desde el poder. El peronismo finaliza con la muerte de su fundador, quien intenta dejarlo como expresión democrática y con claras definiciones sobre la conformación de nuestra sociedad. Sin lugar a dudas fue la continuación de la tarea iniciada por Yrigoyen, una defensa de la identidad nacional al servicio de los más necesitados. El radicalismo instala la democracia y el peronismo la justicia
social.

Pero que quede claro: el peronismo nunca fue socialista, siempre expresó la defensa de una “burguesía nacional”. Nos deja una sociedad donde el cincuenta por ciento es para el trabajador, donde los pobres son sólo el cinco por ciento y la deuda externa no pasa los ocho mil millones. Es la idea de Nación confrontando con la concepción colonial de los que querían importar todo. Esencialmente, una sociedad con clara vocación de imitar a Europa, donde el capitalismo se hace cargo de la totalidad de sus habitantes, muy distinto a los Estados Unidos, donde los triunfadores no se sienten obligados a cargar con los fracasados. En mi primer viaje a Nueva York me asombró descubrir a los que deambulaban durmiendo en las calles. Esa imagen no existía entre nosotros, hoy intentamos acostumbrarnos a ver y ocultar el asombro y el dolor que impone semejante decadencia.

La disolución de la voluntad nacional se inicia con Onganía. Destruye la Universidad, expulsa a los científicos con el cuento de perseguir al marxismo, no deja nada digno de respeto. Luego, las miserias de la Dictadura, que asesina para imponer un proyecto colonial, nos genera la deuda externa sin dejarnos nada a cambio. Y finalmente Menem, el más traidor al proyecto de ser Nación que conoció nuestra historia. Vendió el patrimonio incrementando la deuda y la dependencia del
extranjero. Lo que Perón llamaba “un vende patria”.

Y para cerrar vinieron los Kirchner, que cultivaron los odios que el abrazo de Perón con Balbín había superado sin defender la industria nacional. Odiar a “la derecha” no implica ser de izquierda, nada es tan fácil ni se resuelve en una
confrontación sin proyecto.


El peronismo terminó vaciado de principios y representado por una burocracia enriquecida que hizo de su nombre una patente para desarrollar sus riquezas. Hoy somos una sociedad donde la política es un simple instrumento de lucha entre distintos grupos económicos que ya ni sueña con
conducirlos sino solo en ser favorecidos por ellos. Hoy la política no expresa ideas sino simples intereses: amontonar opositores después de que todos ellos son portadores de distintas versiones del fracaso, eso sólo implica un retorno a un pasado carente de destino.

Los peronistas, como los radicales, muchos socialistas y hasta conservadores, todos son necesarios para gestar un nuevo movimiento nacional, un frente amplio con ideas claras adonde se pretende llegar. Especialmente, sería reivindicar la democracia y en consecuencia asumir que la crítica debe
ser constructiva para tener sentido.

La deuda crece mientras la balanza de pagos se deteriora, difícil entender a dónde nos intentan llevar. La absurda idea de que mejoramos nuestra imagen en el mundo y que eso por sí mismo genera inversiones nos deja el sabor a la inocencia suicida que suele aportar la ignorancia de la realidad. Pareciera que se sigue trasladando la riqueza colectiva al usufructo individual. La teoría del derrame, atroz invento de la codicia para justificar su siembra de miseria. La imagen de lo peor del pasado es imprescindible para justificar las limitaciones del presente.

El oficialismo sueña reelecciones más allá de no lograr éxitos dignos de tanta promesa. No falta una oposición sino una alternativa digna, y por ahora no parece asomar. Los errores del Gobierno solo se pueden enmendar en el seno de la misma democracia; para que suceda se necesita fundar una nueva opción opositora. Y eso se hace con ideas, nunca amontonando restos del pasado.



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